El Ciprés de Piedra

Para ver el ciprés, te recomiendo que te retires un poco de la pantalla y que entornes los ojos. Abstráete de la torre y aparecerá el ciprés como detrás de una tapia. Con sus ramas apuntando hacia arriba y sus redondo frutos. Bien peinado pero mostrando sus asimétricos huecos por donde se ve el cielo. ¡A que sí!

Para ver el ciprés, te recomiendo que te retires un poco de la pantalla y que entornes los ojos. Abstráete de la torre y aparecerá el ciprés como detrás de una tapia. Con sus ramas apuntando hacia arriba y sus redondo frutos. Bien peinado pero mostrando sus asimétricos huecos por donde se ve el cielo. ¡A que sí!

EL CIPRÉS DE PIEDRA
(el hallazgo de una metáfora)

Me gusta la visión de la ciudad desde las azoteas. Siempre que tengo oportunidad subo a las ellas a echar un cigarrito. Me quedo contemplativo durante un rato y dejo que mi vista indique sobre el paisaje cordobés alguna cavilación. Esa tarde de azotea, la luz se marchaba frente a mí mostrándome un monumental contraluz de la Mezquita y su torre, bueno, no se si en este caso debiera decir la Catedral, pues todo el perfil que muestra al cielo es avasalladoramente cristiano.

Andaba de cavilaciones bajando mi mirada hacia el interior del cuadrado patio de la calle Cabezas, en el que me hallaba, cuando distraído por unos mareantes vencejos, alcé mi vista hacia la mezquita. De repente, en mis retinas, se impresionó una imagen de cipreses y palmera en la que la torre, oscurecida ya de negro ciprés, se camuflaba a la perfección como un elemento vegetal más. Como un ciprés de piedra. Cuanto más la miraba más me parecía un ciprés y menos una torre campanario. Diosmio! si es que es igualito, con ese talle progresivamente menguante que termina afilado en todo lo alto, con esas asimétricas perforaciones que por pequeños orificios dejan pasar el cielo, con esos estilizados remates que parecen las ramas de un peinado ciprés. Ya solo veía un ciprés.

No me lo podía creer, esa vieja torre había formado parte de mis juegos de infancia, la visitaba con mis hermanos algunos sábados de mañana. Pagábamos a medio camino la peseta o el duro de rigor y pasábamos el rato subiendo y bajando de una terraza a otra, golpeando asustadizos los bordes de las campanas y avistando las magníficas panorámicas que ofrecía. Subí también con alguna pareja a besarnos y cogernos de la mano. Cómo era posible que hubiera tardado tantos años en apercibirme de su evidente forma de ciprés. No salía del asombro. A estas alturas creía saber lo suficiente sobre la torre, como para haber obviado esta. Sabía que envolvía al minarete, sabía de su autor, de su clero financiador, de sus alarifes que avisaron de su ruina inminente apenas quince años después de su construcción. Por saber, sabía hasta la fecha del terrible y mágico día de verano, en que Cristo bendito castigó a San Rafael, representante divino de los cordobeses, lanzándole un rayo a los pies de su esfigie dorada. Tan fulminante, que acabó tocando la Campana Gorda y dejándolas a todas hechas garavato.

Tan excitado estaba con la cavilación que, cuando oscureció un poco más, decidí acercarme a ver la torre, quería ver su silueta con más detalle. Caminando por las callejas de la Judería seguí con mis pensamientos sin apartarlos del tema. Bueno, salvo cuando paso por la plaza de Jerónimo Páez, que dedico siempre un ulceroso recuerdo a cierta institución. Imaginaba a , el creador de aquella torre, en una Córdoba de casas bajas y largas tapias, acotadas de palmeras y grandes cipreses, cavilando él también, ante el reto de remodelar el viejo minarete de aquel impresionante bosque de columnas. Todo en la Mezquita rezumaba espíritu vegetal, aquella inmensidad de columnas que el pueblo llamaba el boque, componía junto con sus arcos un bello palmeral cuando se deambula por ellas. Además por primera vez se hacía una torre separada del crucero en una catedral. El encargo sin duda debió ser un gran reto para este arquitecto, debía construir una torre para aquel impresionante edificio, que además, debía presidir el jardín del patio de los naranjos, quedaría enmarcada por el verde de naranjos, palmeras y cipreses.

Todavía me tenía el día guardados más regalos. Bajé en estos pensamientos por la calle Encarnación hasta la embocadura en la que se divisa la torre. Justo al salir de la calle, mis pies se quedaron clavados. Llegué en el instante preciso. El azar me premiaba con el momento y el lugar exacto del mapa para ver el efecto. El día se marchaba dejando un rastro crepuscular de luz, que hacía de fondo a la silueta de la torre, aun poco iluminada por sus focos. Ahora y aquí, el ciprés se dibujaba con toda la intensidad, como detrás de una gran tapia que representaba el flanco norte de la Mezquita. Todo en la torre construía un hermoso y fuerte ciprés. Ya a esa distancia, pude reconocer los remates de aguja que a modo de ramas algo separadas del contundente árbol, reforzaban aun más la representación vegetal de la torre. Además, Hernán Ruiz las había rematado todas con esferas de diversos tamaños, dándole la apariencia de los frutos del ciprés. No podía ser tanta casualidad, Ruíz sin casi duda, tuvo que poner esa intención que yo veía ahora, en el propósito de su obra. No se suelen dar casualidades tan perfectas.

La vieja ciudad me mostraba de nuevo su poderosa magia, en forma de una potente metáfora. Quedé parado en esa esquina durante un buen rato, absorto y concentrado en la estampa fabulosa de la torre. Disfrutándola hasta que apercibí que la ociosa parroquía me miraba estrañada por mi quieta y duradera presencia, así que abandone mi contemplación y encaminé mis pasos de vuelta a casa.

Ya de vuelta, pensaba sobre mi sensación de sorpresa con el reciente hallazgo. Me sentía descubridor de un mensaje encerrado en la piedra durante 500 años. Me sentía bien, me sentía íntimamente importante. Ya cuando me acercaba a casa, mis pensamientos habían cambiado de rumbo, y empezaba a achacar mi euforia a mi propia ignorancia. Seguro que esta tierra de poetas, y de cronistas habían descrito y escrito esta, para mí, obvia metáfora cordobesa, lo que sucede es que yo no la había leido.

Después de cenar y huyendo del zapping me refugié en mi biblioteca, bien nutrida de temas locales, y comencé la búsqueda de la metáfora. Primero abrí la completa Antología General de Adonais de Luis Jiménez Martos por ver si al menos, el grupo Cántico la había registrado en sus obras. No encontré nada al respecto. Hurgé en los textos del gongorino Ricardo Molina, por ver si él había hecho en alguna ocasión una metáfora con la palabra ciprés y la palabra torre, pero no encontré ninguna referencia. Tampoco en el voluminoso libro sobre La Catedral de Córdoba de Manuel Nieto Cumplido utilizá ni usa en ningún párrafo esta metáfora. Busqué con interés en internet, para ver si ahí existía algún rastro de mi metáfora. Encontré algunas páginas que la usaban para describir las torres de la Sagrada Familia de Gaudí. También para describir una bonita torre del pueblo palentino de Ampudia que ciertamente también parece un ciprés. Pero ni rastro de la metáfora unida a la torre de Córdoba. Ya no me queda duda, y salvo que alguien pudiera en un futuro demostrarme que estoy equivocado, me siento el legítimo descubridor de esta increible metáfora cordobesa que Hernán Ruíz dejó escrita en las piedras de Córdoba. Y que para mí, junto con nuestro bosque de palmeras, son las representaciones vegetales más impresionantes de todas las que la arquitectura de los hombres nos ha brindado.

NOTA: La Torre de la Mezquita de Córdoba lleva dos décadas cerrada al público por ininteligibles excusas del Cabildo, privando a los cordobeses y a quienes nos visitan de la mejor panorámica de la ciudad.

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