El Bosque de Palmeras

Salgo a pasear a veces sin rumbo fijo por la ciudad, mi vida un tanto sedentaria hace aconsejable el paseo frecuente. Durante estos paseos procuro no pensar en nada relevante, miro y observo la ciudad y dejo que esta me atraviese con sus evocaciones. Me relaja pasear así por ella porque a parte de que las páginas de mi vida están escritas sobre este “papel”, Córdoba reúne todas las condiciones para ser la ciudad de los paseos. Su planificación no ortogonal ofrece siempre distintas alternativas para ir de un punto a otro, por lo que difícilmente se repiten los paseos.

Hace unos días, al pasar por el campo de los Mártires encontré esta imagen que os pongo arriba y que me transportó a una de esas “páginas” de mi infancia escritas en la ciudad. Alguien menudo supongo, había rellenado los agujeros de esta vieja palmera con las naranjas recogidas del suelo. Recuerdo haber hecho lo mismo en los jardines de los Patos, donde pasé parte de mi infancia rodeado de . Esas oquedades en sus acorchados troncos, nos servían como escenario de aventuras donde colocábamos los soldaditos de plástico que a peseta le comprábamos al Sebi. A veces también servía para ocultar algún tesorrillo, que también algunas veces había desaparecido cuando ibas a rescatarlo. Comíamos los dátiles que arrojaban al suelo, ásperos como demonios, pero con un sabor que aun llevo en el paladar.

No se si será por todo esto, o por que las llevamos en el escudo de la ciudad, la palmera es mi árbol favorito. Guardo como un lema heráldico una bella frase de T. Gautier que encontré en “Junio” un pequeño librito de poemas de Pablo García Baena y que le sirve a él para componer su poema “Casida”.

“Las palmeras… Me parece que a su sombra no se puede ser desgraciado.”

T. Gautier

Pero aquellas naranjas clavadas en el tronco de la palmera, aun me llevaron a otro recuerdo de mi infancia y a otro palmeral. De cuando en cuando a mi padre le gustaba los sábados por la mañana bajar a la Mezquita y pasear por ella. Nosotros le acompañábamos y correteábamos entre las columnas. Había (hay) una extraña columna que despedía un potente olor a azufre cuando la rascabas con el canto de una moneda. Una columna oscura como un tronco de palmera, con las mismas oquedades y las mismas heridas que muestran las palmeras reales. Parece como si esa columna, supiese de su condición de tronco de un arquitectónico y fabuloso oasis de palmeras, y que mutara lentamente hasta convertirse en una auténtica palmera.

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